The Blazing Tree

Panico

Comienzo a pelear contra el tiempo

Y suenan sirenas a lo lejos,

La muerte es inevitable en esta batalla

Asi como lo es pensar en ti mientras escucho a el panico acercarse,

La lucha termina y uno de los dos muere lentamente

Todo, hasta que dejo de escuchar sirenas.

El Conejo y el Sombrero

Este es un pequeño cuento que escribi para un trabajo en la Preparatoria, es casi un borrador ya que nunca lo corregi, espero sea de su agrado.

Comenzaba a llover en el bosque, y los animales corrían buscando refugiarse de los truenos y claro, del agua, la cual resultaba peligrosa para sus crías. Todos estaban desesperados por estar a salvo, pero entre tanto alboroto, había un objeto, inmóvil, sin crías que proteger, ni un miedo hacia el escalofriante sonido y retumbar de los truenos, solamente estaba ahí, a la vista de todos, quieto y silencioso, entonces, todos lo miraron atentamente durante toda la noche.

Al terminar el diluvio, el sol comenzaba a salir y la multitud comenzaba a juntarse alrededor del curioso objeto inmóvil; estaba hecho de piel, tenía una forma de cono y estaba arrugado, tenía un color café el cual estaba bastante desgastado, y sobresalían algunas costuras por los bordes del mismo, entonces, desde un rincón de la multitud, se escucho un grito que sobresalía de todos los murmullos.

-¡Muévanse! – grito una voz gruesa y áspera, la cual causo que todos se movieran a un lado despavoridos, con un aire de respeto y miedo a la vez - ¿Quién eres? - Pregunto una figura, que se convirtió en la del sabio conejo, el cual estaba acercándose lentamente, pues los años ya lo habían desgastado, obligándolo a usar una rama como bastón. – ¿Que no me escuchas?, ¿Quien eres? – repitió el conejo, un tanto desesperado y curioso, después, se acerco aun mas al objeto… El conejo dio un salto de un de repente (bueno, se cayó hacia un lado al perder el equilibrio y tirar el bastón), todos miraron con asombro y miedo, habían aparecido dos ojos y una boca en el sombrero, después, todos salieron corriendo hacia el lugar en el que se habían escondido previamente durante el diluvio a observar tan inusual hecho, dejando solo al pobre conejo, tirado en el piso, indefenso del objeto.

Entonces, por fin el objeto hizo un sonido, deslizando los labios previamente, al parecer porque estaba pensando que decir – Soy un Sombrero – y después de ver que el conejo no tuvo reacción alguna, repuso – me he quedado aquí solo, me caí de la cabeza de mi amo y ya no regreso por mí, desde entonces estoy solo, como tú.

-¡yo no estoy solo! – Dijo el conejo furioso – ¡están todos mis animales aquí conmigo! – después, volteo a sus lados, para confirmarlo, pero no había nadie, el Sombrero estaba en lo correcto, lo habían dejado solo, el conejo se sentía desconcertado y decepcionado, entonces, soltó un grito -¡salgan todos, vengan a ayudarme! – pero nadie salió, y nadie lo ayudo, después, volvió a mirar al sombrero.

- yo he sentido lo mismo- le dijo el Sombreo - justo cuando mi dueño no regreso por mí, me sentí inútil, sentí que no era querido, o por lo menos no como yo quería a mi amo, porque yo tenía una utilidad, proteger la cabeza de mi amo, y ahora ya no la puedo cumplir, eso es lo que me hace sentir más triste, porque sé que seré remplazado en unos días, y el ya no me recordara, en cambio tu, tienes a tus animales, no te podrán remplazar de la misma manera, tienes una utilidad, y aunque tal vez ellos no te quieran como tú a ellos, te necesitan y no te dejaran ir tan fácilmente.

- creo que se acaba de comprobar lo contrario – contesto el conejo- todos corrieron sin pensarlo, me dejaron en el suelo sin dudar, y cuando les pedí ayuda, nadie vino a darme una pata, en cambio, tu y yo somos iguales, estamos solos, nos recuerdan cuando nos necesitan, pero si no nos necesitan, pasamos a vivir en el olvido, esta es la primera vez que pienso en ello, aunque ya lo sabía, pero no quería aceptarlo.

- esta es la primera vez que hablo con alguien – dijo el sombrero irónicamente – y también es la primera vez que pienso en ello, pero al hablar contigo, no me siento inútil, siento que puedo estar contigo y hacerte la compañía que te falta, esa tal vez sería mi nueva utilidad.

Y yo seguiré haciendo lo que siempre hago, pero al terminar, se que regresare aquí, y no a un lugar distante donde nadie pueda llevar sus quejas, podre hablar contigo, tener una compañía agradable, alguien con quien poder estar, sin escuchar sus quejas, solamente escucharlo, disfrutar de una conversación que no trate de problemas, solo charlar.

Entonces el conejo se levanto y se despidió del sombrero, le dijo que vendría todos los días a acompañarlo, y los animales permanecieron en sus guaridas, hasta que a la mañana siguiente, cuando el conejo quiso visitar a su amigo, el había desaparecido, el conejo se sentía vacio, triste y furioso, entonces, los animales acudieron a su ayuda, lo consolaron, y le prometieron ya nunca hablarle de sus problemas, el se reusó a tal propuesta, era su obligación, ellos no dijeron nada después de que él se reusara y lo llevaron al lugar que solía ir después de un arduo día de trabajo, al llegar, se llevo la sorpresa de que el sombrero estaba ahí, los animales lo habían transportado hasta ese lugar, y en cuanto al conejo, le dijeron que ahora su obligación era cuidar del sombrero, y la obligación de todos los animales era cuidar de él y no viceversa, se retiraron inmediatamente, el conejo se quedo pasmado por un momento, pero la sonrisa que se había dibujado en su rostro, parecía eterna.

Diaz de la Peña (1807-1876), In the Forest